
Glosar: El silencio entre la nada y el polvo
Pérez Cabaña Rosario, Ediciones Contrabando. Colección Marte. 2025
-La trayectoria literaria de Tere Irastortza Garmendia constituye uno de los recorridos más sólidos, coherentes y exigentes de la poesía vasca contemporánea.
-Un recorrido por su escritura evidencia que su poesía se define por una necesaria ética de la atención, del cuidado del lenguaje y de la escucha
Desde la publicación de su primer poemario, Gabeziak (1980), distinguido con el Premio de la Crítica de poesía en euskera, su escritura se ha desarrollado como un proceso continuo de indagación en el lenguaje, la experiencia y la memoria, sin rupturas abruptas, con una evolución constante y profunda.
Un recorrido por su escritura evidencia que su poesía se define por una necesaria ética de la atención, del cuidado del lenguaje y de la escucha. Estamos ante una poesía que no busca imponerse ni cerrar sentidos, sino abrirlos, y que acepta el acto de escribir como una forma de habitar el mundo con responsabilidad. El libro, editado y prologado por la poeta Lola Andrés, recoge una selección de poemas publicados durante más de cuatro décadas, así como algunos inéditos, y tiene el valor añadido de haberse publicado en dos volúmenes bilingües independientes: en euskera-castellano —Glosak / Glosar el mundo, traducido por la propia autora— y en euskera-catalán —Glosak / Glossar el món, a cargo de Manel Rodríguez-Castelló, que ha recibido el Premio de Traducción Etxepare-LABORAL Kutxa del País Vasco—. El concepto de traducir ya merece a mi entender una reflexión, y muy especialmente cuando es la propia autora quien se sitúa en ese espacio entre dos mundos simbólicos en el que cada lengua organiza la realidad de manera distinta, seleccionando matices, jerarquizando sentidos y dejando otros en la sombra. Por eso, tal vez, el acto de traducir sea en sí mismo una toma de posición frente al significado.
El resultado de la selección, lejos de ser una antología sumativa o conmemorativa, nos ofrece un libro de nuevo cuño a partir de la respiración de la poesía de Tere, de los temas esenciales. De este modo, el libro nos permite la lectura como un continuum orgánico, donde cada libro es sedimento y germen del siguiente y revela que la escritura de Irastortza sigue respirando con salud y vitalidad, atenta al estar en el mundo y a su ruido, con sus capacidades plenas a la hora de transformar el dolor, la duda, el miedo, la pérdida o el amor en materia de pensamiento, de reflexión y de conmoción.
En la idea central que vertebra el libro, "glosar" se desemantiza, se resemantiza, y más allá de la explicación o anotación al margen del sentido primitivo, aquí es una apertura a un acto un acto creativo autónomo, una "re-creación", una intuición sobre ese lugar intermedio que existe entre lo pensado y lo indecible, lo que se escapa al lenguaje: “Los innombrados mueren a la vez / quienes poseen nombre de uno en uno / y los que amamos, en soledad”. La glosa se vuelve puente para habitar esa grieta, en el sentido en que María Zambrano concebía la razón poética: un modo de acceso a aquello que la razón pura no alcanza, a ese “tercer espacio” donde la palabra deja de ser mero instrumento de comunicación y se vuelve revelación. Frente a la razón lógica o especulativa, la razón poética no persigue la certeza, sino que se abre al misterio, al sentido profundo de la experiencia. Quizá por eso, el abono de la poesía sea la duda, y la respuesta en poesía sea la propia pregunta o, como planteaba Valente, el silencio, los límites de lo comunicable. De ahí tal vez la necesidad de glosar, de interpretar el mundo, de hacer visible la sombra.
De algún modo, la poesía de Irastortza nos sitúa frente a una forma de lenguaje que parece surgir de la afasia, de la imposibilidad de nombrar. Porque, precisamente, la arteria más vital del libro sea la frontera entre lo que puede decirse y lo que solo puede insinuarse, y decir no siempre debería imponerse al silencio. La poeta trabaja ese espacio intermedio que acepta el vacío, el silencio y la duda como partes constitutivas del decir poético. Y tiene, como debe ser en toda poesía honesta —si esto acaso no fuera un pleonasmo—, una capacidad transformadora potente, como una dinamo que transforma la energía de la experiencia en un cuerpo poético. Aquí, la materia del dolor, de la memoria o del amor es capaz de engendrar ese cuerpo —el poema— capaz de mostrar el mundo y resistirlo. En el prólogo, Lola Andrés ya advierte que esta poesía no se repliega en lo íntimo sino que dialoga con el tumulto del mundo, con la violencia, la precariedad y la fragilidad contemporáneas para transformar, como una turbina, las emociones esenciales en energía creadora.
Esto nos sitúa en la línea de lo que plantea Chantal Maillard en La razón estética o Diarios indios, donde la experiencia física y el sufrimiento se subliman —o se vuelven objeto de atención— a través de la escritura. Por ejemplo, pensamos en soledad, pensamos en la soledad, y tal vez solo la escritura sea capaz de chocar con ella y hacer estallar el conocimiento de esa pérdida de vínculos.
Hay otro espacio de reflexión en torno a la trayectoria poética de Irastortza que permite cuestionar la dimensión de la distinción entre la política y lo político planteado por Mouffe y que establece que mientras la política organiza un orden institucional, lo político remite al conflicto constitutivo de las sociedades humanas, donde la identidad se define frente a un “otro” percibido como negación. Y el “otro” también es elemento central en este poemario. No hallarán en estas páginas una carga política en un sentido panfletario o militante, pero tal vez lo político asome a la escritura desde lo íntimo, lo cotidiano y lo lingüístico.
Cabría plantearse si el propio hecho de escribir en euskera no fuera una simple elección estética, sino también política en el sentido en que se reivindica una lengua históricamente minorizada o en cuanto para Irastortza la lengua no es un mero vehículo, sino un campo de conflicto y resistencia. Pero el euskera es la lengua de origen, la lengua amable; y entonces, ¿es un posicionamiento desde lo político o es la expresión primaria y natural del pensamiento? También cabría plantearse si la reflexión crítica que emana de la sublimación poética hacia la experiencia femenina —experiencia abarcadora sin segregación de géneros— supone en sí misma una posición frente a los discursos dominantes o hasta qué punto la escritura de Irastortza se convierte en un espacio de resistencia donde pensar de otra manera ya sea un acto político. Cabe pensar, decía. Y este tipo de poesía no solo nos lo permite, sino que nos impele a hacerlo.
Hay, por otra parte en el libro, un sujeto poético “abarcador” que acoge a lo humano y a lo no humano en un tiempo y en un espacio compartidos, lo que quiebra el concepto de humanidad asentado en la sociedad occidental desde el dualismo cartesiano entre naturaleza y cultura. Aquí puede atisbarse la animacidad, la idea de que las entidades no humanas de la naturaleza son percibidas como poseedoras de vitalidad y son capaces de afectar o ser afectadas, de tener agencia. Desde esta perspectiva, la empatía en el discurso poético de Irastortza se expanden más allá de lo humano, reformulando el propio concepto de ser vivo. Es la extrañeza de ser vivo, esa sensación que nos hostiga cuando ponemos los pies en los predios de lo no conocido, lo raro como alteridad de lo que nos habla Mark Fisher en Lo raro y lo espeluznante: lo que surge cuando algo aparece donde no debería estar, cuando lo cotidiano se ve invadido por una alteridad que desborda su marco explicativo. No se trata solo de lo extraño o lo inusual, sino de una irrupción que desestabiliza la lógica interna del mundo que habitamos. En este sentido, lo raro es una presencia impropia, una forma del otro, como el propio tiempo que en Irastortza aparece como una de esas entidades que requieren una mirada que quiebre la centralidad de lo humano:
Glosar el mundo es también una forma de detener el tiempo o, mejor dicho, de darle una entidad propia a través de la voz poética. El cuerpo quizá sirva de límite al tiempo y el poema sea un intento de acotar lo infinito en esta “escritura parturienta” de Tere Irastortza en la que la función del lenguaje no es nombrar lo que ya existe, sino crear existencia, como una especie de arquitectura ontológica. “El lenguaje es la casa del ser”, decía Heidegger, y es posible que la poesía sea la forma más pura de este habitar:

